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to scare people
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Guadalajara
Mexico
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- Durante algún tiempo salía con una chica muy guapa que no hacía otra cosa que ver esas horripilantes películas de terror cada fin de semana; a veces nos chutábamos hasta dos. Al principio pensé que era buena idea porque supuse que cuando saliera el monstruo en la pantalla, ella se abrazaría contra mi pecho y yo podría agarrarle la pierna, pero en realidad me la pasaba en la oscura sala cubriéndome la cara con ambas manos, sobre todo en las escenas fuertes, las cuales miraba de reojo con la curiosidad de saber por qué gritaba tanto el público, murmurando: “¡Santo señor Jesucristo, que acabe ya ésta pesadilla!”
Durante toda la semana no podía dormir, y no precisamente porque su belleza me robara el sueño, sino porque recordaba aquellos filmes y el más mínimo ruidito me sobresaltaba; para colmo, cualquier suéter mal puesto adquiría la semejanza de una amenazadora criatura del averno y eso me obligaba a tener la luz prendida, redoblando mi recibo de energía eléctrica.
Después de varios días de temblorina y ojerosos párpados, comencé a inventarle pretextos para no acompañarla al cine, lo cual comenzó a parecerle sospechoso, hasta que abiertamente me espetó: “¿Acaso eres un cobarde?” Como buen cobarde, no tuve valor de decirle la verdad, y le aseguré que a veces me parecían muy atractivos los fisicoculturistas de bigote espeso. “Tienes que definirte”, me recomendó, antes de alejarse para siempre a su mundo de psicho-killers y esperpentos.
Una vez, en una feria de Toluca, entré con mi amiga Ana Elena a una exhibición de la vaca de tres patas y al show de la mujer serpiente, curiosos engendros que no me asustan por ser naturales, como Mario Marín o la maestra Gordillo, caprichos de la naturaleza que vinieron al mundo sin ánimo de ser ánima; a mí lo que me aterra es lo sobrenatural, lo inexplicable, como la casa de los sustos, dónde tienen una momia, un hombre lobo y hasta un vampiro milenario que te da de zapes cuando vas pasando.
Tampoco entiendo a esas personas que pagan un boleto para sufrir dentro de esas lúgubres casas de espantos; yo, desde luego, no entro, pero para mi desgracia los espantos ya se fugaron de las casas embrujadas y ahora asustan donde menos te lo esperas.
El otro día entré al baño de un lujoso restaurante japonés. Mientras hacía pipí, el inodoro accionó solo de sopetón, jalando la cadena, obligándome a irme de espaldas. Con el corazón agitado, sin tiempo de subirme el zíper ni apretarme el cinturón, reboté contra la pared y caí de bruces sobre el lavabo, entonces la llave del agua funcionó sola, soltando otro furioso chorro de agua; aterrado di un brinco hacia un extremo y una máquina comenzó a echarme aire en pleno rostro; me giré hasta chocar con una máquina junto al espejo, que comenzó a echarme un pergamino de rugoso papel encima, sin que yo hubiera presionado ningún botón. ¡Que torbellino de sustos! Inodoro, llave del agua, máquina que echa aire, máquina que echa papel, súbitamente todo el baño cobró vida al mismo tiempo. No soporté más el tormento; cerré los ojos, me llevé las manos a la sienes, pegué un alarido y perdí el conocimiento. Desperté en el piso rodeado de meseros en kimono, que muy monos me invitaron a desalojar el baño y el restaurante, disparándome la cuenta, asegurándome que era mejor el restaurante de barbacoa de enfrente, el cual me aterra porque en la entrada cuelga una escalofriante cabeza de borrego decapitado.
Los ruidos sobrenaturales me persiguen, a veces surgen del carro, del refri, de mi propia panza. Para no ir muy lejos, hoy mismo por la mañana entré a un autoservicio de una afamada cafetería gabacha. Estaba formadito en mi automóvil, leyendo las opciones de un gigantesco menú pegado en la pared, cuando de pronto sonó la voz de Lucífugo Rofocale, hablándome al tiro: “Hola amigo, ¿cuál es tu nombre? ¿Te servimos un delicioso capuchino deslactosado?” Con los pelos de punta y a gran velocidad me eché en reversa hasta llegar a mi casa, donde me refugié debajo de la cama. Mejor ai’ nos vemos el 20 de noviembre.